Esta esquina del mundo

10 Oct

Diego Fernández Pons

Al norte de España existe una cordillera que nos aleja de Europa y al oeste de Valencia una cadena montañosa y un río nos separan de Castilla. En las primeras páginas de todos los diarios y en los titulares de todos los telediarios, eficaces noticias nos consiguen aislar y nosotros crecemos en involución y miopía y así somos más necios y dóciles y lanudos. Hace años (yo era muy pequeño pero he visto las películas de Alfredo Landa) mirábamos desde el blanco y negro hacia un exterior rubio en biquini y llamábamos al Cava, Champagne y al Brandy, Cognac y al vino, Burdeos o Rioja. Hoy, aturdidos por “el mágico mundo de colores”, somos zombies de lo propio y moriríamos antes de reconocer la grandeza de los Champagnes, la intensa franqueza de un buen Burdeos o la fidelidad a su estilo de un Rioja honesto.  Como los zombies caminamos con los brazos proyectados al frente en busca de humanos libres a los que morder o arañar para convertir. Torpes pero tenaces, en todas las películas, los zombies terminan infectando a toda la población que avanzando masculla: valenciano, valenciano, valenciano….

Y sí, sí y sí de nuevo! El vino de esta esquina del mundo es grande y único y precioso y, cuando es honesto y técnicamente perfecto, conserva  los aromas del campo en el que ha crecido, el mismo campo en el que jugamos de pequeños, en el que fuimos felices. Cada humano, abriendo una botella de vino de su tierra natal, percibe aromas familiares, mensajes químicos que transportan al inconsciente a tiempos de pantalones cortos y jugar a pillar. Por eso es natural reconocerse en el vino y la gastronomía propia y es natural apreciarla y preferirla… pero sin llegar a ser zombies caminando siempre en línea recta (no sé si os habéis fijado en las pelis del género que los zombies jamás se sabe de dónde vienen ni a dónde se dirigen).

Es precioso viajar sin moverse (también tiene Jamiro una canción con ese título) y para eso, además de para bufarse, sirve el vino; para poder oler, en un restaurante de tu ciudad, el campo de Provenza o las especias bordelesas o el sol australiano o el frío ácido de Reims… y después volver a casa y reconocerse y encontrarse a gusto.

 

 

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