Casa Castillo

6 Jul

José María en su viña

Culpables fueron las 2.700 pesetas…

Es lo que le costó a José María Vicente su primera botella de Beaucastel. Un precio irrisorio para una epifanía estilo San Pablo en el camino a Damasco.

Años después él, que representa la tercera generación de Casa Castillo, sigue intentando que sus Jumillas se parezcan a las flores del Ródano y sus vinos se sitúen en el mapa de los vinos con “V” mayúscula, con independencia de los caprichos de Ordoñez.

En su finca de 180 ha, este arquitecto reconvertido a vigneron busca que la Monastrell llegue a su máxima expresión, sin caer en los dictámenes de las modas pero con el ojo muy puesto en el mercado. Eso no impide la valiente decisión de renunciar a la todo-terreno Cabernet a favor de variedades más aptas al proyecto de viñedo de paisaje, como la Cannonau itálica.

Las parcelas tienen morfología distinta y eso se refleja en los nombres de sus vinos. Acercándose a las cepas de la pendiente, se intuye el porque del nombre las Gravas, mientras Tosca es como los autóctonos denominan la arenisca compacta de Jumilla.

Grava vs Tosca

En la actualidad es el más “moderno” de sus vinos, el Syrah de Valtosca, que permite financiar joyas como el Pié Franco o Las Gravas a la espera de que el hermano pequeño, el Casa Castillo Monastrell, conquiste el sitio que se merece entre los vinos jóvenes con excepcional relación calidad-precio.

José María es una persona pragmática, sabe que el vino es fruto de la labor en el viñedo y ahí es donde vuelca sus esfuerzos. Sus plantas están lozanas y vigorosas (con racimos de antología) hasta al punto de que las malas lenguas insinúan que hay riego “escondido”. Él te lo cuenta con una sonrisa entre la ironía y el orgullo, consciente de que la salud de sus “hijas” depende de esos factores (tipicidad de la uva, suelo, labor humana) que producen los vinos de terroir. Su filosofía es la del bodeguero moderno, que utiliza las herramientas más útiles de los métodos ecológicos o biodinámicos sin rigor ortodoxo ni fanatismo: es decir la uva y su sanidad son su primera preocupación. Ha sido uno de los primeros, en la franja que va del Levante a Murcia, en utilizar los fudres borgoñeses de 500l para criar sus vinos y eso permite que la madera siga siendo un actor segundario. El Valtosca es el encargado de pelearse con las barricas nuevas.

Lo que catamos del 2010, sacado de barricas, sea monastrell, garnacha o syrah (aunque esta algo rezagada) sorprende por su amabilidad, frescura y persistencia. No es de extrañar que José María esté muy satisfecho con esta añada y nosotros estamos ansiosos por poderla catar y degustar embotellada.

Lo que une este Murciano d.o.c a nuestro precedente protagonista son la pasión y la inquietud. En su sancta sanctorum yacen botellas (vacías) de las mejores bodegas a nivel mundial y nos resultó curioso que a la hora de acompañar las delicatessen que tuvo la amabilidad de prepararnos (por cierto la cocina no se le da nada mal) optara por vinos de otros bodegueros que aprecia y estima.

Otra demostración de que el interés por la “aldea global” te permite aprender y mejorar. Sin contar que a veces el más placentero de los viajes empieza con un sencillo descorche…

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Una respuesta to “Casa Castillo”

  1. Albert Gonzalez 9 julio, 2011 a 0:16 #

    Cuando comenzaba mi andadura por el denso mundo tánico, recuerdo cómo -en mi local barcelonés-, Juan Valencia me hablaba apasionadamente -como pocas veces..-, de una bodega murciana (de una zona “emergente”, Jumilla-, asociada en su nombre a la abuela del bodeguero -Julia Roch e Híjos CB), que producía una “más que destacable” monastrell…, lejanamente conocida en Catalunya, por aquellos entonces (finales de la década de los 90´s), una variedad, una zona y -mucho menos-, una bodega de ésa índole.
    Recuerdo catar aquella muestra, y compartir efectivamente el entusiasmo del distribuidor. Ahora pienso en los 16,50€ (2700 pesetas de las de antes), que pagó por el Beaucastel y me dejo llevar por los viñedos entre almedros, olivares y pinedos que hacen de ésas viñas un entorno de ensueño para la producción de una fruta tan bien interpretada en bodega.

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